miércoles, 8 de abril de 2015

The Babadook

Crítica

The Babadook


Ante nosotros se alza una historia de 93 minutos que nos desafía, se atreve a salir de la pantalla para poseernos, pues en sí misma está película, o más bien las desventuras que narra, es algo completamente capaz de suceder en este mundo en el que vivimos... ¿todos?

    La directora australiana Jennifer Kent nos presenta una delicia cinematográfica infravalorada por nosotros, el público regular, mientras los críticos se deshicieron en halagos con razones. Essie Davis es Amelia, madre viuda de ese maldito mocoso llamado Robbie, el que sale en el poster. El niño sufre de hiperactividad y de tener una imaginación demasiado grande; la madre, por su lado, lamenta aún la muerte de su esposo (de la que han pasado años) y cuida de su hijo, que tiene una obsesión con un monstruo que ve en sueños. Un día Amelia comete el enorme error de darle a su hijo la oportunidad de asignarle que libro leerle en una noche ordinaria. Ese libro es el libro de The Babadook.


    Quizá lo que mató a la película fue el trailer, que se veía como un filme de monstruos cliché. Eso fue lo que la gente quería ver y no recibió. Los jumpscares son el centro de las críticas a las películas de terror contemporáneas pero, cuando no hay, es un fracaso como entretenimiento. ¿Quién lo entiende?
    Essie Davis, simplemente fantástica, no hay palabras para su escalofriante interpretación, un crimen no nominarla; pero, ¿realmente a quien le importa la academia? Y el niño, el joven actor Daniel Henshall hace muy bien de ese personaje estresante y desmotivador (con un hijo así ya me hubiese suicidado), aunque debo admitir que fue la parte más débil de la película.
    Es hora de hablar de la criatura. No diré nada más, solo que es el demonio más personal y terrorífico que he visto jamás. Recomendada, hora y treinta minutos que harán justicia a tu valioso tiempo.

viernes, 19 de septiembre de 2014



Esclavo de algún dios


    Sigo en la vía del tren, cada vez más atormentado. Los autos pasan y me miran como a un loco. Pienso que prefiero estar ciego al mundo, que soportar el clamor diario. Se me hace un nudo en la garganta difícil de describir. Cuando escuche su muerte. Mi cuerpo se arqueo, en el interior un viento fuerte removió mis órganos y los brazos se extendieron hasta el dolor. Ahora me faltan las patas de mi vida. La mesa está vacía y no sé a qué responder. No hay espadas, ni escudos, no tengo más que este lugar. Es el momento de un cigarrillo, pero hasta en eso la suerte esquiva. La intolerancia empieza a ganar lugar, el veneno se expande.

    Empiezo a correr, desesperado porque el piso ya empieza a temblar. ¿Ahí viene, mi destino?, me pregunto. La única oportunidad de ver a Dios cara a cara, de forma rápida y eficiente. Los truenos aceleran su paso. ¿Me doy por vencido? Se equivoca si le voy a regalar mi vida. Nada de eso, que me venga a buscar, que le cueste. Que se arrodille del cielo y se digne arrebatarme lo poco que tengo. Porque no hay respuestas a mis preguntas. Si en las calles solo llueve y en mi casa no hay luz, es por su terquedad de verme mal. Pero no voy a darle un gusto a quien me hizo nacer. Todavía pienso que me queda un poco de filo en la espada y sangre en los puños. Aún puedo caminar sin aliento, y respirar con poco aire en los pulmones. Nada es más fácil que verme caer, pero no. Soy tu esclavo, porque así está escrito, tengo tatuada en mi alma tu sello. Pero mi cerebro me pertenece, mis piernas me pertenecen, mis brazos, mis ojos, mi cuerpo entero me pertenece y con él hago lo que se me plazca. Puedo cuidarlo, desperdiciarlo, pero igual me pregunto si eso te importa de algo, creo parece que no. A ti solo te importa el humo de adentro, ese que en este mundo no me sirve porque nadie observa más allá de su propio vientre. Hay una botella rota que me llama en un rincón absurdo de la vía, puede le dé el último sorbo a la vida, maldita sea. Yo no pedí vivir, y sin embargo acá estoy. Tratando de que tus ángeles no me encuentren. Creo que esa es mi función esconderme noche tras noche, en las venas del diablo para que solo sientan mis latidos pero no mis ojos. Lo felicito mi señor por su espera, y ojala tenga mucha paciencia, porque no me pienso morir.


    Ahora solo quiero gritar y golpearme contra los paredones de la estación, pero esta manchada con sangre que no me pertenece. Nadie duerme a los alrededores, están todos preparados para atacar o defenderse. Desearía no oír los gritos de terror que dan los que se equivocaron peor que yo. Las reglas son del villano, y las armas del tirano. El conjunto martilla en contra de los individuales. El grupo garantiza la vida. La dependencia, implica seguir sufriendo placenteramente. Veo como se buscan las ratas, intercambian sus trofeos y venden lo que no quieren. Las dudas se vuelcan sobre mí, y arranca una guerra sucia mental muy difícil de tolerar. Me envuelvo en las palabras ajenas y me dejo llevar, sin siquiera tratar de poner un poco de orden a lo que sucede en la mente. Es extraño, la sangre me domina y me empuja, pero en la calma de la noche las voces me llevan al borde del barranco. Y me tienta la belleza de ese paisaje infinito, lleno de probabilidades, de secuencias negativas. Grita mi nombre, con insistencia. Me convierto en un rehén de mis pensamientos, esclavo de algún dios...