Crítica
The Babadook
Ante nosotros se alza una historia de 93 minutos que nos desafía, se atreve a salir de la pantalla para poseernos, pues en sí misma está película, o más bien las desventuras que narra, es algo completamente capaz de suceder en este mundo en el que vivimos... ¿todos?
La directora australiana Jennifer Kent nos presenta una delicia cinematográfica infravalorada por nosotros, el público regular, mientras los críticos se deshicieron en halagos con razones. Essie Davis es Amelia, madre viuda de ese maldito mocoso llamado Robbie, el que sale en el poster. El niño sufre de hiperactividad y de tener una imaginación demasiado grande; la madre, por su lado, lamenta aún la muerte de su esposo (de la que han pasado años) y cuida de su hijo, que tiene una obsesión con un monstruo que ve en sueños. Un día Amelia comete el enorme error de darle a su hijo la oportunidad de asignarle que libro leerle en una noche ordinaria. Ese libro es el libro de The Babadook.
Quizá lo que mató a la película fue el trailer, que se veía como un filme de monstruos cliché. Eso fue lo que la gente quería ver y no recibió. Los jumpscares son el centro de las críticas a las películas de terror contemporáneas pero, cuando no hay, es un fracaso como entretenimiento. ¿Quién lo entiende?
Essie Davis, simplemente fantástica, no hay palabras para su escalofriante interpretación, un crimen no nominarla; pero, ¿realmente a quien le importa la academia? Y el niño, el joven actor Daniel Henshall hace muy bien de ese personaje estresante y desmotivador (con un hijo así ya me hubiese suicidado), aunque debo admitir que fue la parte más débil de la película.
Es hora de hablar de la criatura. No diré nada más, solo que es el demonio más personal y terrorífico que he visto jamás. Recomendada, hora y treinta minutos que harán justicia a tu valioso tiempo.
